Valle del Elqui: Vicuña y Cerro Mamalluca

Hace tiempo, cuando escribí el artículo sobre La Serena, os conté que había hecho una pequeña ruta por el Valle del Elqui, así que aprovecho que dentro de un par de semanas vuelvo a Chile para contaros cómo fue esa ruta, y todas las cosas interesantes que nos encontramos.

Es una visita imprescindible si vas a pasar por la zona de Coquimbo, tiene muchísimos encantos. Por un lado, están los preciosos paisajes naturales del valle y la cordillera. ¡Las rutas de senderismo son impresionantes! También es ideal para disfrutar del turismo gastronómico, probando comida típica, tanto marisco, del que ya os hablé en el artículo sobre La Serena, como productos derivados de la papaya (dulces, helado, papayas confitadas, zumo de papaya… ¡hay papayas por todas partes!). El vino del Valle del Elqui es famoso en todo el mundo (¡aquí en Alemania se puede encontrar en muchos sitios!), ya que la zona está repleta de viñedos, y también se fabrica aquí un típico licor llamado pisco. Pero lo que más me impactó fue el hecho de que esta región cuente con los cielos más despejados del mundo. ¡La cantidad de estrellas que es posible ver es alucinante! Por esta razón, en el valle hay multitud de observatorios astronómicos, como el de La Silla, el de Collowara, el Cerro Mayu y el Cerro Tololo. ¡Qué nombres tan graciosos! La mayoría vienen del quechua o del aimara.

Decidimos que íbamos a aprovechar el día al máximo. Durante el día recorreríamos el valle y alguno de sus pueblecitos pintorescos, y de noche, al final de nuestra ruta, veríamos las estrellas. Cogimos el coche que alquilamos en La Serena, y arrancamos por la ruta 41 hacia nuestro destino: el Observatorio Astronómico Cerro Mamalluca, en Vicuña.

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Mirásemos a donde mirásemos, había paisajes verdes y viñedos. ¡Precioso!

La Ruta 41 sigue el curso del río Elqui, desde su desembocadura en el Océano Pacífico, atravesando la cordillera de los Andes, ¡hasta llegar a Argentina! Nosotros hicimos la mitad del recorrido, aunque algún día me gustaría hacer la ruta completa. A lo largo de la carretera hay pueblecitos donde hacer alguna paradita a tomar algo. Pasamos por Algarrobito y Pan de Azúcar, conocidos por su gastronomía (en el primero podréis probar dulces de papaya y manjar blanco, en el segundo hay gran variedad de hortalizas, aceite y quesos de cabra); Quebrada de Talca, donde se encuentra el observatorio Cerro Mayu, y se puede beber un buen vino; y el Molle, donde se encuentra un complejo arqueológico con el mismo nombre, en el que se descubrieron los inicios de un antiguo pueblo agrícola y alfarero.

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En Vicuña hay un mural con todos los pueblitos de la región. ¡No me cabía entero en la foto!

Nuestra primera parada fue en el Embalse Puclaro. Cuando fui estaba más lleno de lo normal, porque había sido un año de muchas lluvias. ¡Qué viento hacía! Al parecer eso es normal en este lugar, e incluso se construyó una curiosa escultura que suena al pasar el viento por ella. Marta me tuvo que sujetar las patitas en las fotos para que no me volase. ¡Pero vaya vistas tan bonitas! Algo que me llamó mucho la atención fue el contraste entre ambos lados del embalse: a un lado había preciosos paisajes verdes, y el otro tenía un aspecto ¡casi de desierto!  A un lado había viñedos, y al otro, cactus.¡Qué curioso! Nos quedamos un rato disfrutando del sol y del paisaje, mientras tomábamos un rico helado de papaya.

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¡Mirad qué paisajes tan preciosos!

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El fruto de esos cactus se llama copao. Está muy rico y tiene muchas propiedades beneficiosas.

Otra cosa curiosa del embalse es el pueblo que hay junto a él: Nuevo Gualliguaica. ¿Por qué nuevo?, os preguntaréis. ¡Resulta que el Gualliguaica original se encuentra sumergido bajo el agua!

Al fin llegamos a Vicuña, ciudad fundada en el siglo XIX por Joaquín Vicuña y Larraín, bajo el mando de Bernardo O’Higgins. Lo primero que hicimos fue aparcar el coche, e ir a reservar los tickets para el observatorio Cerro Mamalluca, para asegurarnos de que teníamos sitio para la visita de aquella noche. Después paseamos por la ciudad. Desgraciadamente la Plaza de Armas, dedicada a Gabriela Mistral, estaba en obras y apenas pudimos ver nada. Tuvimos la mala suerte de pillar también cerrado el museo de Gabriela Mistral, réplica de su casa natal. ¡Qué mala pata!

¿Sabéis quién era Gabriela Mistral? Fue una famosa poetisa nacida en Vicuña, que ganó el premio Nobel de Literatura. Es por eso que por toda la región hay homenajes a ella: museos, esculturas… Su tumba se encuentra en un pueblo llamado Monte Grande, unos kilómetros pasado Vicuña, siguiendo la misma ruta.

Lo que sí pudimos ver fue la Torre Bauer, que pretendía imitar a torres similares en Alemania, y la iglesia. Es pequeña, pero muy bonita. Estaba aún en restauración, porque quedó algo dañada en el último terremoto.  ¡Qué miedo dan los terremotos! A mí me tocó vivir uno dos días después de esta visita.

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Esta es la Torre Bauer.

También pudimos visitar el Pueblito de los Artesanos, donde, como su nombre indica, pueden encontrarse productos de artesanía local. ¡Aprovechamos para comprar un par de recuerdos!

Desgraciadamente ya era un poco tarde para visitar algunos museos, como el Entomológico y de Historia Natural, con una gran colección de insectos, y el museo Solar de los Madariaga, que expone arquitectura local del siglo XIX.

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¡Qué lindo es el Pueblito de los Artesanos!

Al fin llegó la noche, así que nos dirigimos de nuevo a la taquilla del Cerro Mamalluca y, siguiendo al bus guía, nos pusimos en camino hacia el observatorio. ¡Mucho ojo con el camino! Como es un observatorio astronómico, es muy importante que no haya NADA de contaminación lumínica, con lo cual el camino para llegar no tiene iluminación. Es un caminuco de tierra muy empinado, lo cual es comprensible, tratándose de un observatorio bien metido en la cordillera, donde el acceso está restringido. ¡Pero mucho cuidado con el coche! Nosotros no pensamos en ello al alquilarlo, y creedme, ir con un Picasso no fue muy buena idea. Tuvimos un breve momento de pánico cuando se nos metió la rueda en un agujero. Por suerte, Marta es muy buena conductora, con buena capacidad de improvisación (se nota que aprendió en el centro de Madrid), y salimos bien del apuro.

Al bajar del coche y mirar al cielo ya me quedé embobada. ¡Nunca en mi vida había visto tantas estrellas! Podía distinguirse perfectamente la Vía Láctea… ¡y yo diría que el universo entero! Nuestro guía, Onias, nos explicó muchas curiosidades sobre las estrellas y los planetas, y nos enseñó a distinguir algunas constelaciones, como Escorpio y la Cruz del Sur, que sólo se ve desde el Hemisferio Sur. También nos mostró las constelaciones Incas. Resulta que los incas no veían las constelaciones como nosotros estamos acostumbrados, uniendo las estrellas para formar figuras. Para ellos, las constelaciones eran las manchas oscuras que se distinguían en la Vía Láctea. ¡Recuerdo una igual a una llama, con sus ojos y todo!

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Onias también es fotógrafo, y nos enseñó un par de trucos para fotografiar el cielo. ¡Mirad qué pasada de fotos conseguimos hacer! Y eso no es nada comparado con las fotos que hace él. ¡Echad un vistazo a su página de facebook! Incluso hizo una foto a Marta y a Joaquín. Para sacar buenas fotos, lo mejor es tener un trípode, para tener la cámara lo más quieta posible. Nosotros no teníamos, así que las hicimos poniendo la cámara en el suelo, enfocando hacia arriba. ¡Para la próxima me compraré uno de estos flexibles!

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El observatorio también tiene un enorme telescopio giratorio, por el que pudimos mirar. ¡Pudimos ver Saturno con todos sus anillos! Es una experiencia inolvidable, y estoy segura de que algún día volveré.

Me habría quedado toda la noche tumbada en la hierba mirando ese cielo estrellado, pero era ya muy tarde y debíamos volver a La Serena, ya que al día siguiente volábamos de vuelta a Santiago. No sé muy bien cómo lo hicimos, porque a la ida desde Vicuña nos pareció ver un sólo camino, pero a la hora de volver, de algún modo aparecimos directamente en la autopista dirección a La Serena, sin pasar por Vicuña. ¡Todo un misterio!

Como cogimos el gusto a eso de fotografiar el cielo, teníamos intención de fotografiar la superluna que hubo un par de días después, pero tuvimos la mala suerte de que en Santiago estaba nublado. Eso sí, desde el avión de vuelta a Düsseldorf se veía preciosa. A pesar de que la azafata me riñó por tener la ventanilla subida, saqué una de las mejores fotos que he hecho en mi vida.

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Con esta preciosa vista de la superluna sobre el Atlántico, despedimos este artículo. ¡Nos vemos pronto!

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