Bremen

Una de las ciudades que más me gustan de Alemania es, sin duda alguna, Bremen. Tanto, que he ido ya dos veces: una en invierno y otra en verano.

¡Es una ciudad de cuento! (Y no lo digo sólo por el cuento de “Los músicos de Bremen”… aunque también). Es pequeñita, encantadora, ¡y con mucha historia! Se tarda aproximadamente tres horas en tren desde Düsseldorf, aunque la segunda vez fui desde Hamburgo, desde donde se tarda una hora.

Lo primero que hicimos en cuanto llegamos fue localizar la oficina de turismo, para hacernos con un mapa. Una vez con él, comenzamos nuestra ruta. El primer paso era cruzar el un puente hasta el Altstadt (el casco antiguo). Y mientras cruzábamos nos encontramos con…  ¡un molino!

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¿Os gusta más el paisaje de invierno, con el río helado?

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¿O preferís el paisaje veraniego, con el molino reflejado en el río?

¡Parecía de cuento! Fuimos a verlo de cerca. Se trata del Mühle Am Wall. ¡Y qué paisaje tan bonito lo rodea! El río helado le da un toque especial, pero el contraste de colores que le da el verano también es precioso.

Al acercarnos vimos que el molino era también un restaurante-cafetería, así que Marta y Joaquín decidieron tomarse un café bien calentito. Pero después se arrepintieron. ¡Qué caro era! Yo, en cambio, preferí quedarme jugando con la nieve. Por supuesto, en verano aprendimos la lección, y decidimos tomar el café en otro sitio. ¡Esta vez un capuccino fresquito!

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¡Vaya contraste entre invierno y verano!

Mientras caminábamos en dirección al Altstadt, dando un pequeño rodeo para callejear un poco, nos encontramos varias cosas curiosas. La primera fue una estatua de un hombre haciendo sonar un cuerno, acompañado de su perro y muchos cerditos. No estábamos seguros de si era un monumento representativo de Bremen, pero me apetecía hacerme una foto. En la segunda nos fijamos después, porque nos extrañamos al ver un grupo de gente señalando al suelo. ¿Qué habría ahí? Era un cuadrado de baldosines, cuya unión forma una cruz en el centro. Buscamos en internet para ver qué representaba. Era la Spuckstein (la “piedra de escupir”), que nos recuerda la historia de Gesche Gottfried, una asesina en serie que envenenó a quince personas. La piedra se encuentra en el sitio donde la ejecutaron en la guillotina, y escupir sobre ella supone mostrar desprecio hacia la asesina. ¡Qué espeluznante!

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¿Qué le pasaba a la señora del gorro rojo? ¿Nunca había visto una gallina con jersey y bufanda?

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¡Una pareja de cerditos felices!

Llegamos a la Marktplatz, la plaza del mercado, donde estaban el Ayuntamiento (Rathaus) y, junto a este, la estatua de los músicos de Bremen. ¿Sabéis que da buena suerte tocarle el hocico al burro? ¡Por eso tiene el hocico dorado! Aunque claro, los hay que sólo llegan a las patas…

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Mi idea era subirme al gallo… ¡Pero estaba demasiado alto!

¡El Ayuntamiento es un edificio alucinante! ¿Sabéis que la UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad? Se construyó a principios del siglo XV, y gran parte sobrevivió a la guerra. El edificio por dentro es aún más increíble. La cámara del Senado impresiona, con los techos de madera, la escalera tallada en madera holandesa y las vidrieras. El Ayuntamiento era la sede del alcalde y del Senado, que ejercían de jueces en la ciudad. Todos los ciudadanos eran libres de entrar y presentar peticiones.

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Desde aquí se pueden ver la fachada del ayuntamiento y la catedral de San Pedro.

Pero lo que más me sorprendió fueron los barcos colgados del techo. ¿Qué hacen unos barcos en el ayuntamiento de una ciudad sin puerto?, me pregunté. Resulta que la ciudad de Bremen se expandió hasta el mar, hasta Bremerhaven, donde tiene su puerto. ¡Y no sólo eso! Al igual que Hamburgo, Bremen era una ciudad independiente y formaba parte de la Liga Hanseática, con lo cual su puerto fue de los más importantes.

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Los tres barcos son réplicas de la flota que se creó para luchar contra la piratería inglesa.

También hay una cámara dorada, a la que nos pudimos asomar, dedicada a Carlos V de Alemania… ¡Que no era otro que Carlos I de España! El emperador Wilhelm II, que residió en Bremen, se construyó una sala sólo para él, desde donde tenía una buena vista de la plaza, rodeado de retratos de los emperadores anteriores… pero prefería pasar en rato la bodega. Y hablando de la bodega  (Ratskeller), tras 600 años, sigue en funcionamiento. Ofrece unas comidas deliciosas y unos vinos buenísimos. ¡Ideal para almorzar!

Justo enfrente del ayuntamiento está la estatua de Roland de Bremen, que representa la libertad de la ciudad. Se dice que, mientras la estatua esté en pie, la ciudad permanecerá libre. Por eso hay una copia de la estatua bajo el ayuntamiento, para colocarla en caso de que caiga. ¡Qué listos!

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¡Aquí está nuestro amigo Roland, el inmortal con un clon bajo tierra!

Junto al ayuntamiento está la Catedral de san Pedro (St. Petri Dom). ¡Se construyó en el año 789! No me podía hacer a la idea de que fuera tan antigua. Después, poco a poco se fue ampliando y renovando en los estilos románico y, después, gótico. ¡Es tan bonita!

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¿Véis? Os dije que no parecía tan antigua.

En la plaza también vimos desde fuera los edificios de la Casa de la Ciudadanía y la Casa de Comercio (Schütting).

Después nos metimos por Böttcherstraße, un callejón “secreto” construido a principios del siglo XX, a base de ladrillo rojo, por un rico comerciante que quiso darle a la calle un toque especial. La mayoría de los edificios son galerías de arte, pequeños museos y tiendecitas de artesanía, es una callejuela con mucho encanto. Entre los museos, me llamó la atención la Casa Roselius, un edificio renacentista que en el siglo XX fue convertido en un museo de arte por el coleccionista Ludwig Roselius.

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Bueno, con esa enorme placa dorada, muy secreto no es.

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Pero hubo algo que nos llamó la atención. Un poco escondida, había una pequeña tienda, llamada Bremen Bonbon Manufaktur, donde fabrican caramelos. Entramos sólo por probar uno, pero ¡estaban tan deliciosos que acabamos comprando varios botes! Uno para nosotros, uno para Alicia, uno para los padres de Marta, unas piruletas para las hermanas de Joaquín… ¡Qué delicia! No os exagero cuando os digo que son los mejores caramelos que he probado en mi vida.

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Al final del callejón estaba el Carrillón de Porcelana, que toca a ciertas horas varias melodías. ¡Era como estar en una caja de música!

Al salir de Böttcherstraße llegamos al Río Weser, y decidimos parar a comer algo. Como soy española, suelo comer un poco tarde, comparado con los alemanes, pero los pequeños restaurantes de salchichas y patatas siempre están abiertos.

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Tras reponer fuerzas seguimos el río hasta el Barrio Schnoor, el más antiguo de la ciudad (¡sus casas más antiguas se construyeron en el siglo XV y siguen en pie!). “Schnoor” significa cordel en alemán, y el barrio se llama así porque las casas pequeñitas y juntas recuerdan a las perlas que se engarzan en el cordel de un collar. ¡Este barrio sí que parece de cuento! Con sus casitas de fachadas coloridas y llenas de flores… La mayoría son ahora pequeños restaurantes y tiendecitas de recuerdos y artesanía. Aprovechamos para comprar un par de regalos (aunque más bien fueron auto-regalos). Nos pasamos un buen rato callejeando. Tanto en invierno como en verano, con el atardecer había una luz muy bonita. ¡Perfecta para hacer algunas fotos!

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Aquí tenemos a Esther, posando en un callejoncito de Schnoor.

Con la hermosa imagen de Schnoor nos despedimos de Bremen. En mis dos estancias, esta ciudad me dejó muy buen sabor de boca, tengo muchas ganas de volver a visitarla.

Espero que hayáis disfrutado de mis aventuras en Bremen, ¡y que podáis visitarlo pronto vosotros también! Os aseguro que merece la pena. ¡Nos vemos en nuestro próximo artículo! Os prometo que me pondré las pilas para escribir todo lo que me falta.

Pero si no queréis esperar a que escriba (que lo entiendo, soy muy pesada), podéis seguirme en mis redes sociales, facebook e instagram. Ahí siempre podréis encontrar fotos de mis viajes ¡en el momento!

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