Centro de Tokio

Japón, día 2

Palacio Imperial, Estación, Torre de Tokio y Santuario Hie

¡Menudo jet lag que llevaba encima! Eran las cinco de la mañana y yo estaba fresca como una lechuga, mirando al techo de mi habitación de hotel, sin saber qué hacer con mi vida. ¿Me levantaba? ¿Me intentaba volver a dormir? ¿Salía a dar un paseo? Ninguna de las opciones me terminaba de convencer. ¡Eran las cinco de la mañana! Al final acabé levantándome y abriendo mi mapa y mi cuaderno en el escritorio de la habitación, dispuesta a organizar el día. A esa hora tenía energías para todo, pero ya sabemos cómo funciona el jet lag, así que decidí planificar pocas cosas, que estuviesen cerca entre sí. Cuando llegó la hora del desayuno, ya tenía trazadas mi ruta de aquel día, la del siguiente, y hasta de la semana entera.

En aquel primer desayuno nos sentimos un poco perdidos. ¡Y es que el desayuno japonés no tiene nada que ver con el occidental! Pero habíamos tomado la decisión de adaptarnos a las costumbres, y comer lo que comen los japoneses. Así que observamos lo que se servían ellos, ¡y les imitamos! En otro artículo os contaré con todo detalle cómo fueron nuestras comidas en Japón.

¡Era como un almuerzo en toda regla!

Nuestra primera experiencia en el metro

Explicar el transporte en Tokio en dos párrafos es una locura, así que, al igual que he hecho con las comidas, vais a tener un artículo únicamente contando mi experiencia en el transporte público como gallina guiri sin idea de japonés.

Como gallina guiri pero previsora que soy, ya había comprado mi tarjeta Suica para los días en los que no tuviese activado el JR Pass. Hay varios tipos de tarjetas para transportes, algunas válidas sólo para algunas zonas. Yo compré la Suica, porque es la que funcionaba en más sitios. Su funcionamiento es muy fácil: cargas dinero en ella, y se te descuenta cada vez que la usas. Es como la Bip! en Santiago de Chile.

Me hizo mucha gracia esta publicidad en el metro. No sé de qué será.

Hay varias líneas de trenes y metro. Por un lado están las líneas de la compañía JR (en las que puedes entrar con el JR Pass gratis). La más utilizada es la Yamanote, que es una línea circular que rodea la ciudad. ¡Os podéis imaginar cómo se satura en hora punta! Por otro lado, están las líneas de metro (fácilmente reconocibles, porque su símbolo es una M un poco redondeada). Finalmente, hay algunas líneas especiales, como la que te lleva a la isla de Odaiba, pasando por el puente arcoiris.

Ese segundo día en Tokio teníamos previsto ir al Palacio imperial, así que fuimos caminando hacia el metro de Akihabara. Podíamos haber cogido el metro en Ueno, hacia el otro lado, pero nos apetecía ver cómo era el barrio de Akihabara. Por la mañana estaba bastante vacío, y las tiendas de recreativos estaban abriendo aún, así que no nos entretuvimos. ¡Ya tendríamos tiempo de frikear!

Palacio Imperial

¡Ahí estábamos! A la salida de la estación de Tokio, dispuestos a comenzar nuestro día de turismo intenso. Y a esperar una larga cola. Como era domingo, había muchísima gente dispuesta a visitar el palacio y sus jardines. Yo tenía la sensación de que éramos los únicos extranjeros.
Según teníamos entendido, el interior del palacio únicamente tenía visitas guiadas en japonés, y el recorrido era algo limitado, así que decidimos centrarnos en los Jardines Orientales, donde, además, la entrada es gratuita. Os recomiendo que llevéis algo para picar, porque la visita puede llevar un buen rato. ¡Unos onigiris son la opción perfecta!

¡Qué impresión da cuando ves algo así por primera vez!

Nos encantó cómo contrastaba la forma de los enormes edificios modernos de la gran ciudad con las puertas y las murallas tradicionales del palacio. ¡Así es Tokio! Una fusión armónica entre tradición y modernidad (¿con esa frase sueno ya a escritora profesional?).

Si os soy sincera, creo que entramos por la puerta Hirakawa-mon, pero no lo tengo claro, porque simplemente seguimos a la gente sin tener mucha idea de a dónde estábamos yendo. Era una procesión de unas dos o tres puertas, cada una más bonita que la anterior.

No sé si esta era una puerta importante, porque no entendía lo que decían por megafonía. Pero me hice una foto igual.

Mientras nosotros hacíamos fotos a los edificios y a la arquitectura tan impresionante de las puertas, nos llamó la atención que los japoneses hacían fotos a los árboles. Ahí fue cuando nos dimos cuenta de que habíamos elegido una época genial para viajar. Era principios de diciembre, aún era otoño y se podía disfrutar del momiji, es decir, el momento en el que las hojas de los árboles se vuelven rojas y naranjas, dándole un color tan especial. Para los japoneses, salir a disfrutar de los colores de la naturaleza en otoño es una tradición tan importante como el florecimiento de los cerezos en primavera. Donde fueres, haz lo que vieres, dicen, así que imitamos a los japoneses y también hicimos fotos de los árboles. ¡Y qué fotos tan bonitas salieron!

Una cosa que nos gustó mucho del palacio es que cada poco tiempo, en cada punto interesante del recorrido por los jardines, daban información por megafonía sobre qué estábamos viendo. Habría sido maravilloso entender japonés para enterarnos de algo. Pero ¡que no cunda el pánico! Hay una aplicación para el móvil con un audioguía del palacio y sus jardines.

Gracias a esta aplicación nos enteramos de que el palacio es de la era Edo, entre los siglos XVII y XIX, y fue habitado por los shogun* de la familia Tokugawa (¡atentos, que leeremos este nombre más veces!). El castillo inicial se quemó y tuvo que ser reconstruido varias veces, algo que, según hemos visto, ha pasado muchas veces en los edificios históricos de Japón. A mediados del siglo XIX, tras otro enorme incendio, el castillo original no volvió a reconstruirse y, posteriormente, ya en la era Meiji, se construyó uno nuevo que se convirtió en la residencia oficial de la familia imperial. Sin embargo, los Jardines Orientales se construyeron en los años 60.

Dicen que los fosos del palacio son ideales para disfrutar de los cerezos en primavera.

Después de pasar por unos caminos preciosos que bordeaban el foso, misteriosamente (porque nos perdimos) llegamos al Honmaru, la zona donde se encontraba el antiguo palacio Edo. Todavía quedan los restos de una enorme torre. ¡Dicen que era altísima! Pero, como ya hemos comentado, se quemó y ahora sólo quedan los cimientos.

Después de subir a las ruinas de la torre, paseamos por los diferentes jardines temáticos. Había uno de pinos españoles, uno de camelias, otro de bambú, y otro de árboles frutales. Al otro lado hay un jardín llamado Ninomaru, con un estanque con nenúfares y carpas multicolores. ¡Qué relajante es mirarlas nadar!

También había, distribuidos por todo el recinto, edificios tradicionales con exposiciones de objetos, donde te explicaban cómo era la vida en el castillo. Y aquí viene un…

Consejo para guiris nº4:
LLEVA CALCETINES GORDITOS. O, en su defecto, unos calcetines o zapatillas en la mochila. En muchos edificios antiguos te pedirán que te quites los zapatos para pasar. Y el suelo está frío. ¡Se me quedaban las patitas heladas!

Descendimos de los jardines bordeando una zona con murallas y antiguos edificios de centinelas, donde se alojaban los samuráis que protegían el castillo. Salimos por la puerta Ote-mon, dispuestos a almorzar un delicioso ramen en la estación.

Estación de Tokio

Después de toda la caminata que nos dimos por los jardines del Palacio Imperial, ¡nos moríamos de hambre! Por suerte, teníamos la Estación de Tokio muy cerquita, y allí estaba uno de los lugares en los que, sin falta, teníamos que comer: la calle del ramen (Tokyo Ramen Street).

Pero antes de hablar de la comida, un par de cosas sobre la estación, como edificio. ¿Sabíais que tiene 105 años? Eso sí, se restauró hace poco. Me resultó curioso, después de haber estado viendo los edificios tradicionales del Palacio, entrar a un enorme edificio rojo, de estilo occidental, y sumergirme en el bullicio de la gran ciudad. Es una estación muy grande y es fácil perderse, por lo que son muy útiles los mapas que puedes encontrar en la entrada. Gracias a estos mapas, pudimos encontrar la calle del ramen.

Se trata de una calle interior, en el sótano de la estación (en la planta B1F, para ser más exactos), donde hay única y exclusivamente restaurantes de ramen. ¡Era muy difícil decidir dónde entrar! ¡Todos tenían muy buena pinta! Sea la hora que sea, en estos restaurantes siempre hay gente. Los platos son bien grandotes, y están muy bien de precio. Nosotros, después de dar varias vueltas, nos decidimos por uno llamado Soranoiro. Entramos casi de casualidad, pero mientras estaba escribiendo el artículo y buscando su nombre, me enteré de que estaba en la guía Michelin, y que, además, es conocido por tener ramen vegetariano y sin gluten.

Como soy una gallina, mi ramen no llevaba huevo, pero sí mucho maíz.

Aquí tuvimos nuestro primer encuentro con los restaurantes japoneses. En general, los restaurantes de ramen tienen una máquina en la puerta, donde tú seleccionas el plato que quieres y pagas. Entonces, la máquina te da un ticket, que entregas después al camarero. Estas máquinas, aunque suelen tener un menú en inglés, tienen siempre fotos de los platos, para que puedas hacerte una idea de qué llevan. Aquí también te voy a dar dos…

Consejo para guiris nº5:
En los restaurantes japoneses casi siempre te dan agua (sin gas, ¿eh, alemanes?) o té gratis, no necesitas pedir bebida. A no ser que te apetezca algo especial, como un refresco, una cerveza o sake. Nosotros, en ese primer restaurante de ramen, pedimos bebida sin saber que nos ponían agua gratis, pero pudimos cancelarla explicándoselo a la camarera, que nos devolvió el dinero sin ningún problema.

Consejo para guiris nº6:
En Japón el agua del grifo es muy buena (¡como la de Madrid!) y se puede beber con toda seguridad.

Después de comer nuestro enorme bol de ramen, nos pusimos rumbo al segundo atractivo turístico de la Estación de Tokio: la calle de los personajes (Tokyo Character Street). O dicho de otro modo: el lugar perfecto para arruinarte, si eres un poco friki. Ahí hay tiendas de Pokémon, de los Estudios Ghibli, de los Moomin y de Lego, además de personajes de las cadenas de televisión principales de Japón, como NHK o Fuji TV. Nos llamó la atención una tienda de cosmética y maquillaje de Sailormoon pero, definitivamente, donde pasamos más tiempo fue en las tiendas de Pokémon y los Estudios Ghibli. ¡Era imposible no comprar ahí! De la primera salí con un par de nuevos amigos, como Psyduck, Dragonite y Ditto. En la segunda, me fue imposible no ir corriendo a abrazar al peluche de Totoro. Y ahí me compré una agenda de gatobús, para organizarme mejor. ¡Pero había tantas cosas geniales…!

Santuario Hie

Aunque me costó salir de allí, no podía pasarme toda la tarde de tiendas, así que me despedí de la Character Street con un “¡Volveré!“, y me puse rumbo al siguiente destino: el Santuario Hie. No está lejos de la estación de Tokio, pero nosotros decidimos ir en metro hasta la parada de Akasaka. De nuevo, en este templo vimos el contraste de la modernidad y la tradición, que, como ya aprendimos, en Japón no están reñidos.

Los torii son puertas que delimitan el territorio sagrado.

En este santuario nos topamos por primera vez con el sintoísmo, la religión mayoritaria en Japón. Para no extenderme más, en otro momento escribiré un artículo general sobre el budismo, el sintoísmo, y los templos y santuarios en Japón.

El santuario Hie está dedicado al dios Oyamakui no Kami. Al igual que ocurre con el Palacio Imperial, es de la época Edo, pero tuvo que ser reconstruido tras varios incendios y daños durante la Segunda Guerra Mundial.

Nuestra visita empezó con un enorme torii de piedra al pie de una escalera, llamada Sanno Otokozaka “la cuesta de los hombres”. ¡Esa primera vista ya nos impresionó! Al subirlas, nos topamos de frente con la puerta Shinmon, custodiada por dos monos guardianes. Estos dos monos son los guardianes del dios, y también se encuentran en otras dos estatuas, dentro del santuario. Son, además, los protectores del matrimonio y del embarazo, así que las parejas jóvenes suelen visitar este santuario en busca de suerte.

Se rezaba al mono macho para tener suerte en los negocios, y a la hembra, para la fertilidad.
Para ello, se echan unas monedas en la caja.

Antes de atravesar la puerta, hay que lavarse las manos y enjuagarse la boca en la fuente de la entrada. Esto es un ritual de purificación que hay que hacer antes de entrar a los templos y santuarios. Junto a la fuente, también está la oficina del goshuin, el sello del templo. En Japón, es tradición coleccionar los sellos de los templos, puestos sobre el nombre de estos, escrito por los monjes en caligrafía tradicional. Sin pensarlo dos veces, me compré un cuaderno especial para esto. ¡Y es el mejor cuaderno del mundo! En la portada tiene las caras de los monitos… ¡y por detrás los culitos!

Recordemos que los libros japoneses se leen de derecha a izquierda.

Una vez pasada la puerta principal, nos encontramos con varios pabellones. Está el salón principal o Honden, y también el salón de plegarias Haiden, donde se reza a la deidad principal del templo, echando una moneda, y dando dos palmadas. Dentro del recinto también hay otros santuarios más pequeños, dedicados a otras deidades, como Inari, el dios del arroz y del comercio, cuyo animal guardián es el zorro o kitsune.

Gracias, Japonismo, por toda la información sobre los templos, sin vosotros nos habríamos sentido un poquito perdidos.

Tras atravesar el túnel de torii y hacernos muchas fotos, continuamos hasta nuestra última parada del día.

La Torre de Tokio

No fue casualidad que la dejásemos para el final del día, ya que me habían dicho que merecía la pena verla de noche. ¡Y era verdad!

Para llegar hasta allí volvimos a coger el metro, hasta la parada Akabanebachi. Quisimos entrar a ver el templo Zojoji, que está junto a la torre, pero ya estaba anocheciendo y estaba cerrado.

Cuando llegamos, la torre estaba ya iluminada. Según tenía entendido, la iluminación cambiaba de color según la temporada, pero yo la vi cambiar incluso dentro del mismo día. Aunque no es tan alta como el Skytree, con sus 315metros a mí me pareció altísima. Antes era aún más alta, pero en el terremoto de 2011 se dobló su antena, y se retiró, ya que ya no hacía emisiones.

Estaba iluminada con los colores del momiji, aunque ya faltaba muy poco para la iluminación de navidad.

Lo primero que hicimos fue tomar una merienda en uno de los cafés de la planta baja. ¡Qué bueno estaba ese gofre con helado de matcha! En la planta baja no sólo hay cafés y restaurantes, sino también un montón de tiendas de recuerdos.

Hay dos observatorios. El principal está aproximadamente a mitad de la torre. Allí también hay un café y una tienda de recuerdos. Pero lo mejor era, sin duda alguna, el espectáculo de luces y música en el suelo y las ventanas. ¡Qué bonito era! Me encantó dar la vuelta entera al mirador, viendo desde arriba toda la ciudad, mientras flores y mariposas aparecían volando en los cristales. ¡La vista del puente arcoíris iluminado era una pasada! Ojalá en mis fotos se pudiese apreciar un poco mejor. Sólo por las vistas desde el mirador principal ya merece la pena subir a la torre.

Cien metros más arriba está el observatorio especial, desde donde hay unas vistas panorámicas impresionantes de toda la ciudad. Dicen que se puede ver hasta el monte Fuji, pero como era de noche y estaba nublado, nos fue imposible. También en esa planta hay un santuario. ¡Quién se lo hubiese imaginado!

Los dos miradores tienen precios diferentes. El mirador principal cuesta 900 yenes (unos 7 euros), y la entrada conjunta a los dos miradores cuesta 2800 (23 euros).

El precioso espectáculo de luces y música, con las impresionantes vistas de la ciudad había sido una forma perfecta de terminar nuestro recorriendo del día. Cuando bajamos de la torre, la iluminación había cambiado y ahora había un corazón sobre el mirador principal. Era como si la torre se estuviese despidiendo de nosotros y nos diese las gracias por haberla visitado.

La foto de Marta salía mucho mejor que la mía, así que la subo sin su consentimiento. ¡Jijiji!

Con esta vista tan bonita, nos despedimos de nuestro primer día en Tokio. Ya era hora de regresar a nuestro hotel y recargar las pilas. ¡Al día siguiente nos esperaban muchas aventuras más!

Ha sido un artículo más largo de lo habitual en este blog. ¡Es que Japón es tan diferente a todo lo que conocía que tengo muchísimas cosas que contar! Y todavía tenemos mucho recorrido por delante… ¡Poco a poco!


*Shogun: Desde la Edad Media hasta el fin del periodo Edo, el shogun era la persona que gobernaba en nombre del emperador, como un gran señor feudal y general del ejército.

Un comentario en “Centro de Tokio

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