Valparaíso II

¡Madre mía, cuánto tiempo ha pasado! Esto de mudarse es un rollo. ¡Todavía hay cajas por todas partes! Aunque poco a poco esto va pareciendo más una casa y menos un almacén. Y ya era hora de que me pusiera a escribir, ya casi se me ha olvidado dónde están las letras en el teclado…

¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! Estábamos en Valparaíso, bajando por el Ascensor Concepción. Justo abajo, según nuestro mapa, debía estar el Reloj Turri. Miramos a la derecha, a la izquierda… ¿Dónde estaba? ¿Nos habríamos equivocado de ascensor? Entonces se nos ocurrió mirar hacia arriba. ¡Ahí estaba, presidiendo la calle desde lo alto!

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El reloj Turri crea un ambiente entre el Times Square de Nueva York y el Big Ben de Londres, ¿no creéis?

Caminamos toda la calle hacia abajo, pasando por la Plaza de Aníbal Pinto, para llegar a la Plaza Victoria, donde está la Catedral de Valparaíso. Tiene un aspecto sencillo por fuera, pero ¡qué bonita es por dentro! Da la sensación de que es más grande. Merece la pena echar un vistazo. Poco más allá de la catedral estaba la Municipalidad (o el ayuntamiento, para que nos entendamos).

Nuestro próximo destino era la Sebastiana, la casa del poeta Pablo Neruda. Pero estaba bastante alta, en pleno cerro. ¡Subir era una paliza! Así que nos decidimos por tomar un taxi colectivo (para los que no los conozcan, son unos taxis que hacen recorridos fijos, y en los que se suben varias personas). ¡Cuánta gente había en la parada! Pero por suerte tardó menos de lo que esperábamos, y en menos de quince minutos ya estábamos en la puerta de la Sebastiana.

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Esto de las selfies… ¡Una no controla dónde enfoca!

¡Qué casa tan preciosa tenía Neruda! ¡Qué de cosas bonitas tenía! El caballito de carrusel en el salón, sus colecciones de antigüedades procedentes de barcos, el cuadro que a la vez es reloj y caja de música… ¡ Tenía un montón de cosas muy curiosas! Por ejemplo, uno se pregunta qué hace un lavabo en el estudio. Eso sí, si yo tuviese una casa tan bonita, seguramente la decoraría igual. ¡Qué colorida es! ¡Y vaya vistas! Desde todas las ventanas había unas vistas impresionantes, o bien de los cerros, o del mar. Tuvimos la gran suerte de estar allí justo para el atardecer, cuando entraba la luz más bonita del día. ¡Así cualquiera se inspira para escribir poemas! A Neruda le gustaba invitar a comer todos los días a sus amigos a casa. ¡Era un tipo muy sociable! Además tenía una barra de bar, desde donde le encantaba atender sus visitas, ofreciéndoles copas y cocktails que él mismo preparaba, y a los que ponía un nombre inventado.

Es una auténtica pena que no se pudiesen hacer fotos dentro de la casa… ¡Le habría hecho fotos a todos los detalles que me encontrase! Pero aproveché para tomar una desde fuera, desde el mirador, para que os imaginéis las vistas que teníamos al atardecer desde esos enormes ventanales.

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Empezaba a hacerse de noche y ya refrescaba un poco, así que decidimos irnos de vuelta a Viña, para cenar algo y descansar en el hotel. Pero no sin callejear un poco más por los cerros, esta vez cuesta abajo, bajo la luz del atardecer, que le daba ese encanto tan especial a las calles…

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Enseguida estábamos ya de vuelta en nuestro hotel, dispuestos a recuperar fuerzas. ¡Al día siguiente tocaba recorrer Viña del Mar!

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