Berlín (Día 3)

Aquel era nuestro último día en Berlín. ¡Había que disfrutarlo al máximo! Pero nos despertamos con unas agujetas en las piernas… Uff, es que el día anterior habíamos caminado mucho. Nos propusimos empezar el día con algo relajado. ¿Por qué no el museo Pérgamo? Nos habíamos quedado con ganas de visitarlo.

Tras un contundente desayuno en el buffet, nos pusimos en marcha. No tardamos en llegar a la isla de los museos, pero nos encontramos con… ¡Una cola de una hora! Bueno, teníamos ganas de visitarlo, así que no nos importó esperarla (ni aguantar todo el tiempo a una pareja que se quería colar… ¡vaya morro!). No se hizo tan largo como esperábamos. Pagamos nuestra entrada (¡yo paso gratis, yuju!) y guardamos la mochila en la taquilla. La gente me miraba raro. ¿Qué pasa? ¿Es que nunca han visto a una gallina de peluche visitando un museo?

Sabíamos que el Pérgamo tenía una de las mayores colecciones de arqueología de oriente medio, pero lo que no nos imaginábamos era ¡toparnos de bruces con la enorme Puerta de Ishtar de Babilonia! ¡Qué bonita era! Estuvimos escuchando parte de la historia de Babilonia en la audioguía. Al parecer fue construida por el rey Nabuscodonosor II (vaya nombrecito, ¿verdad?), como una de las entradas de la muralla interior de Babilonia, dedicada a la diosa Ishtar. A su lado estaba una réplica del Código de Hammurabi, uno de los conjuntos de leyes escritas más antiguos de la historia. Pero tenía unas leyes bastante distintas a las que tenemos ahora. Por ejemplo, distinguía cómo afectaban las leyes a los esclavos, y se guiaba por el “ojo por ojo” (si, por ejemplo, alguien te rompía un brazo, el castigo era romperle el brazo a él).

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Los dibujos que se ven representan toros y dragones.

Al pasar bajo la puerta de Ishtar nos encontramos con otra sorpresa. ¡La puerta del mercado de Mileto! ¿Cómo habrían hecho para reconstruirla entera ahí dentro? Se construyó en la ciudad romana de Mileto (en la actual Turquía), en los tiempos del emperador Adriano. Para ambientarla mejor, llenaron la sala con mosaicos, estatuas y columnas romanas. Y justo al lado estaba la mayor atracción del museo: el Altar de Zeus o de Pérgamo. Es de la época helenística de Grecia, justo antes de que Pérgamo se convirtiese en una ciudad romana. Rodeando todo el altar había representaciones de todos los dioses griegos luchando en el Olimpo contra los titanes (). Pero lo mejor era sentarse en las escaleras a imaginar cómo sería la vista de la ciudad desde ahí.

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¡Pérgamo tenía que ser una ciudad preciosa!

Continuamos el tour, y pasamos a la arquitectura árabe, empezando las ruinas de la Fachada de Mushatta, la muralla del palacio omeya Qusair Mushatta, que estaba en Jordania. Llama la atención el hecho de que esté decorada con flores, plantas y hojas. Pero claro, la religión islámica no permite que se hagan representaciones de personas. Después pasamos al interior de una habitación de madera roja, que se encontraba en el interior de un palacio medieval en Siria. ¡Qué bonita! Había también muchas alfombras preciosas, y nichos de oración (¿sabías que los musulmanes siempre rezan en dirección a la Meca?). ¡También había una cúpula de una mezquita de Granada! Otro destino pendiente…

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Este de aquí estaba en la mezquita de Beyhekim, en Turquía. Tenía esta forma porque el imán (quien dirigía las oraciones) no podía dar la espalda a la Meca, así que las formas del mihrad hacían que su voz hiciese eco y quienes estaban tras él podían escucharle mejor.

¡Cuántas cosas había que ver! Y cada una con una historia tan interesante… Pero era hora de ir a comer. ¡Qué hambre teníamos! Fuimos de nuevo a la estación de Alexanderplatz y comimos en una deliciosa pizzería italiana. Después de reposar un poco los pies en el hotel decidimos ir a Kürfürstendamm, una de las avenidas comerciales más importantes de Berlín, porque después queríamos comprar un par de regalos. Y para nuestra sorpresa, al salir del metro, encontramos… ¡una preciosa y enorme tienda de navidad! No pudimos resistirnos, teníamos que entrar. ¡Qué paraíso! ¡Navidad todo el año! Tenía dos pisos, y al subir había un árbol enorme que giraba. Soldaditos cascanueces, deshollinadores regordetes, molinos de madera que giran con la llama de las velas… ¡Me daban ganas de comprarlo TODO! Ojalá me tocase la lotería y pudiese comprar una casa enorme para decorarla entera de navidad.

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¡Qué emocionante es mirar tiendas de navidad en pleno junio!

Después de comprar algunas cosas en la tienda de navidad, continuamos nuestro paseo por Kürfürstendamm, y compramos algunos recuerdos para nuestros amigos. ¡Nos pasamos toda la tarde comprando! Nos encontramos con algo que nos llamó mucho la atención. ¡Un marco de fotos gigante con un oso! El oso  es uno de los símbolos principales de Berlín (¡está en su escudo!), así que hay estatuas de osos coloridos con los brazos en alto por todas partes. También había una exposición especial de ositos que representaban a todos los países que participaban en el mundial. El de España estaba pintado al estilo de Gaudí.

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Decidimos cenar temprano, siguiendo el horario alemán. Encontramos un restaurante de tapas español, y pensamos que sería curioso ver cómo se servían las tapas en Alemania. ¿Lo harían bien? ¡Por supuesto que no! ¡Confundieron la salsa brava con el alioli! ¡Y le ponían alioli al jamón serrano! ¿Dónde se ha visto eso? Al menos la crema catalana que tomamos de postre estaba muy buena…

Teníamos que volver pronto al hotel, porque teníamos que hacer la maleta. ¡Nos íbamos al día siguiente temprano! Pero lo hicimos dando un paseo para ver algunas cosas que nos quedaban por ver. Cogimos la calle Unter den Linden, uno de los paseos más bonitos de la ciudad. Su nombre significa “bajo los tilos”, y se debe a que en el siglo XVII se plantaron tilos a lo largo de todo el paseo. Durante la época de Hitler se situaron aquí todos los edificios gubernamentales, pero todo quedó destruido tras la guerra, ya que quedó en la zona soviética.

Por el camino pasamos frente a la Catedral Francesa (Französischer Dom) y la Alemana (Deutscher Dom), que no es la misma que la que está en la isla de los museos. ¡Se veían muy bonitas con la luz del atardecer! También pasamos por el Gendarmenmarkt, una de las plazas más bonitas de la ciudad, donde hay un monumento al dramaturgo Schiller, y por delante de la universidad. Nos desviamos un poco para ver el Ayuntamiento Rojo, donde ahora se encuentra la sede del senado en Berlín.

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La foto está un poco borrosa, pero estaba muy bonita, toda iluminada.

Parecía mentira, pero cuando llegamos al hotel era casi de noche. Nos dimos una merecida ducha y nos pusimos con la maleta. ¡Con todas las cosas que habíamos comprado casi no teníamos sitio! En el próximo viaje me plantearé dos veces cuántas cosas comprar… ¡O tendré que dejar un espacio extra!

Al día siguiente, después de desayunar y pagar en el hotel, cogimos el autobús dirección al aeropuerto, para volver a casa: Marta y yo a Düsseldorf, y Alicia a Madrid. Me habría gustado poder quedarme un par de días más, y verlo todo con más calma, ¡pero qué se le va a hacer! Las vacaciones se acaban, aunque no queramos.

Pero no me voy triste, porque Berlín me ha encantado, y estoy segurísima de que volveré muy pronto. ¡Se lo hemos prometido a Tere!

Espero que hayáis disfrutado de este viaje tanto como yo. ¡Y tengo tantos otros viajes que contaros…! ¡Ay, no sé ni por dónde empezar!

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